Volver a sentir

El verano irrumpe impetuoso despertando a la fuerza a los durmientes del sueño invernal. El sol, derrite el frío de la brisa y las nubes huyen despavoridas ante esta repentina autoridad. Sara, un día más, hace que dormita en su cama…

Volver a sentir.

El verano irrumpe impetuoso despertando a la fuerza a los durmientes del sueño invernal. El sol, derrite el frío de la brisa y las nubes huyen despavoridas ante esta repentina autoridad. Sara, un día más, hace que dormita en su cama, sus ojos está hinchados y rojos, cada noche se rompe en lágrimas. Hace casi dos años que ha muerto su amante esposo, dejándola viuda a los treinta y cuatro años, llevándose con él su pasión y sus ganas de vivir.

Sara ha estado deambulando como un fantasma y su piel se ha vuelto una gruesa corteza de hielo. No ha hecho más que ir muriendo cada día un poco más. Se queda tumbada con el corazón brincando en el pecho, revelándose ante la falta de emoción. Fuera, se escucha el despertar de la vida después del frío invierno.

Siente unas súbitas ganas de observar el bullicio exterior. Se incorpora lentamente, se lava el rostro y se peina. Está ante el espejo, pero no se ve, es igual que esté o no hermosa. Abre la persiana, la puerta y sale al balcón, allí se queda acodada mientras el sol acaricia su piel intentando derretir su hielo.

Sara observa desde su fortaleza como se desenvuelve el mundo a su alrededor. Los niños chillando en el parque de enfrente, parejas que pasean agarrados de la mano o que se paran en una esquina para beberse los ojos y besarse. Siente un aguijón en su corazón, recuerda como la miraba Juan, como si no existiera otra mujer en el mundo, como si su belleza le colmara y no necesitara nada más, le hacía sentir preciosa, importante, plena. Una solitaria lágrima abre camino por su rostro, por si sus compañeras se animan a seguirla.

Huele a azahar y a hierba recién cortada, huele a vida, a ilusión, a amor y a deseo. Siente punzadas en la parte baja de su vientre y se da cuenta que tiene un apetito voraz que no se sacia con comida. Necesita sentir, le duele el cuerpo tanto tiempo insensible. Mira de forma curiosa a los hombres solitarios que cruzan bajo su ventana y fantasea.

Relato de Patricia Mariño.

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