La Caballería Roja, Issak Bàbel

Si algún lector quiere saber por qué el conjunto de narraciones La Caballería Roja (Konarmija), de Issak Babel es considerada, por un gran número de cuentistas, uno de sus libros favoritos, por no decir de cabecera, ahora lo tiene fácil, gracias a la traducción actualizada.

La Caballería Roja

Si algún lector quiere saber por qué el conjunto de narraciones La Caballería Roja (Konarmija), de Issak Babel es considerada, por un gran número de cuentistas, uno de sus libros favoritos, por no decir de cabecera, ahora lo tiene fácil, gracias a la traducción actualizada, a fin de celebrar el centenario de la Revolución Rusa -aunque, seguramente, lo que se celebra es el inicio de otro modo de entender el género corto.

Corto y bien corto, porque incluso Ernest Hemingway, uno de los maestros de la brevedad, del estilo limpio y depurado, liberado de cualquier añadido innecesario, confesaba que el estilo del autor de Odessa era “aún más conciso que el mío”.

Es posiblemente por esta razón que el autor escribió tan poco. Por esta y por otra, que nos revela la traductora: “No sé inventar. Tengo que conocerlo todo hasta la última señal, si no, no puedo escribir. […] “Después de escribir cada cuento envejezco varios años”.

Y es por eso, también, que conviene emprender los cuentos de Babel con calma y prevención. Con calma, porque si pretenden leerlos deprisa, sin fijarnos mucho, interesándonos más por lo que explica que por cómo lo cuenta, no sólo los entenderemos poco, sino que vamos a perder mucho, muchísimo.

Sus narraciones son, ante todo, arte, deliciosas miniaturas en prosa. Con prevención, por dos razones. La primera, porque si no partimos de esta premisa, del gozo literario, casi poético, que nos brindará, nos quedaremos no sólo desconcertados.

La segunda, porque la crudeza de sus relatos de guerra hacen estremecer; son tan horribles, tan inhumanos -de hecho, tan humanamente salvajes-, que es necesario que lo tengamos presente, a la hora de zambullirnos en ella. Si tenemos la piel un poco sensible, lo mejor que podemos hacer es tomar aire, antes de poner nuestros ojos en sus líneas.

Sobre todo porque lo que más sorprende de las narraciones de Babel es la combinación de lirismo y de brutalidad. Tenemos un ejemplo ya en la primera, “El paso del zbrutx”: “A nuestro alrededor florecen campos de amapolas purpúreas, el viento del mediodía juega con el centeno amarillento y el alforfón virginal alza contra el horizonte como un mudo de un monasterio lejano. […] El sol rojizo rueda por el cielo como una cabeza degollada. […] El olor de la sangre derramada ayer y la de los caballos muertos instala en la frialdad…” (pág. 19).

Nos narra los hechos que vivió en la guerra entre Rusia y Polonia con una fuerza poética casi inigualable pero, al mismo tiempo, con precisión tan exacta, con una acuidad tan dolorosa, que cuesta acostumbrarse, que no sepamos si emocionarnos con su sensibilidad artística o temblar seleccionados por la autenticidad insufrible que desprenden sus experiencias. Si no sabemos que en la literatura, como en la vida -en la literatura como vida- el mal y el bien son indisociables.

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