El milagro del agua

Ignacio, estaba bien desconcertado con el comportamiento del Anuk, ya que cada vez que abría el grifo lo hacía con timidez, como si hiciera una travesura y, al cerrarse la le daba las gracias y se disculpaba por derrochar el agua.

Van ya unas cuantas novelas de Horacio Castellanos Moya reseñadas en este blog, y a juzgar por las que he leído yo, y por las que han comentado otros compañeros, casi todas tienen algo en común: violencia, humor, sexo y mucha mala leche...

En un pueblo cercano a la ciudad de Kongoussi, situada en la provincia de Bam, en el centro de Burkina Faso. Un país Africano considerado de los más pobres del mundo, había un gran revuelo entre las criaturas. Una ONG catalana que trabajaba en la zona a fin de mejorar la calidad de vida de los habitantes, había organizado una especie de vacaciones para los niños de la localidad. Habían conseguido sensibilizar familias de Cataluña para que acogieran niños en su casa durante el verano.

La excitación de los niños ante la aventura hacía que la vieja plaza del pueblo se llenara de alegría, resonaban las risas entre coloridas vestimentas y mochilas. El destartalado autobús de línea abrió las puertas y una decena de niños y niñas entre ocho y diez años subieron eufóricos. Después de un par de paradas más, para recoger otros niños, se dirigieron al aeródromo, situado en Uagadugú, la capital. Allí los esperaba un monitor que los acompañaría durante el trayecto.

El vuelo hasta el aeropuerto del Prat fue emocionante para todos, ya que nunca habían volado y viajar por el cielo moteado de nubes; fue indescriptible.

Una vez el avión aterrizó, el monitor les fue entregando a las familias que ya los esperaban. Anuk un muchacho vivaracho de ocho años, fue de los primeros en ser recogido. La familia Serra y sus dos hijos, el Ignacio y Laia de nueve y siete años, la esperaban sonrientes. Durante el trayecto hasta el piso de los Serra, a la derecha del ensanche barcelonés, el niño no dijo ni pío, observaba boquiabierto todo el entorno. Sus ojos grandes y negros parecía que no parpadeaban nunca, como si quisiera retener en su interior cada una de las imágenes que veía.

Una vez en el piso, mostrarle cada estancia. La mayor sorpresa para el Anuk fue cuando abrieron aquellos aparatos de color gris brillante que llamaban grifos y observó maravillado como en brotaba agua sin parar. Los ojos se le abrían como platos mientras se cuestionaba qué tipo de magia debía ser aquella que en su pueblo no conocían.

Ignacio, estaba bien desconcertado con el comportamiento del Anuk, ya que cada vez que abría el grifo lo hacía con timidez, como si hiciera una travesura y, al cerrarse la le daba las gracias y se disculpaba por derrochar el agua.

Cuando llegaba la hora del baño de Anuk alucinaba al ver cómo llenaban aquel gran receptáculo que llamaban bañera y después de bañarse, sacaban un tapón y el agua se colaba por un tubo. Seguro que es otro invento de esta gente tan lista, a fin de reutilizarla pensaba. El día que les preguntó donde recogían toda aquella agua y para que la usaban, los niños de la casa se hicieron un buen hartón de reír ante aquella nueva ocurrencia de su invitado. Cuando le dijeron que la tiraban, no se lo podía creer y desconcertado, pero decidido, se acercó a Carmen la madre de la familia. La conversación que mantuvieron fue larga y provechosa para ambos.

Carmen puso al corriente Toni su marido, del que Anuk le había dicho. Sin duda acoger a aquel niño en casa había sido un regalo del cielo. Ahora podrían instruir a sus hijos y hacerlos caer en la cuenta de valorar lo que tenían. Como si fuera una especie de juego cada noche después de cenar intercambiaban experiencias.

Anuk les explicó que el agua era un bien escaso en la tierra de donde venía, que a veces la sequía hacía que tuvieran que recorrer muchos kilómetros a pie con el fin de coger del río, donde aprovechaban para bañarse. También les relató que cuando llovía, repartían barreños todo el poblado para recoger el agua de lluvia. No tiraban ni una gota. Separaban una parte para beber y cocinar. La que les sobraba de limpiar los utensilios donde comían, la usaban para abrevar el ganado y aún aprovechaban la poca que les quedaba para regar. A pesar de ir con tanto cuidado siempre les faltaba.

Los niños de la casa se quedaban asombrados con lo que oían. Cuando se acercó el día de volver a casa, le dijeron a Anuk que irían a comprar algún regalo para su familia. Él, sin pensarlo dos veces, pidió grifos para todas las casas del pueblo. Toni tuvo trabajo a explicarle que no era tan fácil y, con lenguaje llano, le hizo entender que de momento aunque pusieran los grifos, no saldría agua. “Aunque con el tiempo seguro que lo conseguirá”, le dijo, “nosotros le ayudaremos”.

De momento le llenaron la mochila de recuerdos junto con el grifo que el chico eligió. Al llegar a casa, Anuk les explicó que había vivido en un paraíso, donde el agua manaba a raudales y mostrándoles el grifo orgulloso, les decía que salía a través de aquel aparato. Añadía que en un día no muy lejano, ellos también la utilizarían. Ya no deberían guardar el agua, ni de ir a buscarla lejos. Cada vez que necesitaran, abrirían el grifo y al cerrarlo, no perderían ni una gota hasta que lo volvieran a abrir.

Ahora, en casa de la familia Serra, ya no se desperdicia el agua, solo se gasta la necesaria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.